martes, 9 de marzo de 2010

Mujer


No es el día que se pronuncian tus dolores, ni el vil misterio que yace bajo tu pestañas adormecidas. Sabes muy bien que no voy a adornarte con flores, ni llegar a tu puerta como si fuera otro día.
Porque te recuerdo esbelta cada día del año, débil y fuerte bajo la misma vereda, esperando que paulatinamente pasen los años y ser protagonista, sin saber siquiera cual de todos tus destinos es más certero.
Por la suavidad con la que dices te quiero, por no atreverte a desnudar más el alma, por cada vez que te he visto de lejos, enamorándote de las cosas simples, pintándole a los muros alas.
Porque crees que es posible modificar el mundo con una improvisada danza, en la que tiendes tu mano y finges que el ritmo está en nuestras almas.
Porque no eres más ni menos que el hombre, que te venera como piedra preciosa, como viento de montañas. Te arrima su fortaleza y vos, vos que sabés muy bien la diferencia, buscas una tregua para salir triunfante.
Porque no hay espacio ni tiempo, cuando pasas presumida cantando nada. Y a las aves que estaban dormidas las despiertas sin darte cuenta siquiera las fenómenos que se describen bajo tu mirada.
No entiendes que la belleza te favorece cada vez que pronuncias una palabra. Dicen que es por tu diseño ajustado que el firmamento se cuela entre las aguas.
Debe ser que la sonrisa de una mujer “me delata” y, entonces, sólo entonces, puedo comprender el por qué de tu tristeza. Debe ser que me he hecho servidora de la poesía para poder descifrarte y descifrarme.
Cuántas veces la vida, nos llevó por encrucijadas, nos quitó al ser amado, nos desnudó de un soplo el alma. Cuántas mañanas amanecimos sin risa y le pintamos un rostro a la almohada, para llorar una caricia que se quedó congelada.
Porque sé que eres mujer de célula a célula, que busca desafiar al mundo en una velada. Y te acuerdas de los momentos que hemos compartido, sin dejar que el silencio se apagara.
Y debe ser por todas esas cosas y las que olvido por no lastimar mis entrañas que aunque pase el tiempo y en algunos casos te halles a la distancia, en otros me digas hija o te encuentres bajo la tierra, inmaculada, que todas las cosas que toco se parecen a tu nombre. El mismo nombre que me revivió y aniquiló una mañana.
No es tu día, mujer, déjame aclararte. O en todo caso son todos tu días los que veo a diario. No necesitan diferenciarte del hombre que se empalaga ante tu imagen, déjame sorprenderte si te digo que cuanto más intentas buscarle razón a tu existencia, más te le pareces…
Es por tu naturaleza marcada a fuego y sangre que el instinto femenino me insta a encontrarte detrás de cada esquina inspirando alguna musa, que por ser diurna, nocturna y estandarte, no se escapa de mi rutina la sonrisa, sutil forma de decirle al corazón cuánto para mi vales…
Y si quieres más palabras improvisadas y desordenadas, como cuando hablamos frente al espejo que devuelve aquella imagen, puedo rematar con un silencio, un silencio eterno y tácito. El mismo silencio que el oído ajeno pronuncia cada vez que te llegas hasta mi puerta para pintar mi cuarto de acuarelas y esparcir sonetos ocultos de un artista plástico.
Son tus manos las mismas que me acunaron las noches de desvelo, que me bajaron la fiebre y me enseñaron el canto. Son tus ojos los mismos que vi el primer día y quedé para siempre esperando, esperando…
Y cada vez que te paras frente a mi desconcierto, reflejo de mi parte anhelada, es que entiendo por qué la luna, la música, las flores, las estrellas, las olas, las montañas, las pinturas, las artes, las miradas, las caricias, las sonrisas, las palabras, la suerte, la fortuna, la mañana, la tarde, la noche y la eternidad toda, llevan artículo de mujer.

domingo, 7 de marzo de 2010

Prejuicios


La gente fluye. Bajo el mismo paradigma que construyó un grupo de gente mayoría, que no siempre es gente.
Camina y discute con cada transeúnte que se atraviesa en el camino, en el ámbito de lograr una unión posible. Discute sobre la necesidad de unirse. Se segregan.
La gente, no sé bien qué es. Y a veces no quiero saberlo. Son muchas vorágines en simbiosis que procrean enfermedades sociales para ofrecer la fórmula perfecta a un precio carísimo.
Le temo a la gente porque tiene el poder de desequilibrarme, el poder de que la quiera, aún cuando no tengo razones certeras.
Soy gente y eso me condena. Me libera. Me construye tan distinta a lo que soy sin la gente. ¿O sólo soy con la gente?.
No sé bien cuál es la gente o la enemiga de la gente. Ni sé siquiera si son pluridogmáticos y efervescentes. Aún no entendí si la gente es rebelde o dócil, traidora o sincera.
¿Existe un grupo de seres humanos que juntos sean gente? O, ¿no son acaso más individuos los seres cuanto más se juntan?
No importa si la gente es gente, en definitiva. Más vale importa que la gente deje de ser gente cuando el corazón mande y la razón disponga.
No me vengas con el verso de que “la gente no…”. ¿Acaso -ser supremo, perfecto y omnipresente- no sos gente cuando me pedís un beso y mirás con recelo que la calle esté desértica?.

Promesa


Proclamó una declaración que abarcaba el tiempo infinito y el espacio incierto. Como un silencio que se hizo grito para reproducirse en los recovecos de la materia y avasallar la sustancia. No contemplaba la historia y sus matices, ni siquiera parábolas o verbos. Quizá era la suma de todos ellos.
Se incorporó sin miedos, lo dijo con firmeza y con pausa. Solemne forma de declararse.
Pero yo que tenía tiempo y espacio, y estaba encarnada en la sustancia, no creía en los gritos ni en las palabras y contemplé siempre la historia y sus matices, fue que al ingresar su grito en mi cuerpo, líquido y sólido, se hizo silencio. No fue ni verbo, ni parábola, ni la suma de todos ellos. Quedó como un delirio incoherente que no supo retener su cuerpo y lo arrojó en mi rostro sin piedad alguna. Válgame Dios que esquivé sus dos palabras, sino estaría siendo feliz en algún sitio olvidado y no estaría llorando el mismo nombre.

Eramos tres


Era invierno, verano y otoño a la vez.
tenía en el cuerpo un sueño olvidado
una música de jazz empedernida
un silencio que gritaba despavorido.

Me pregunté dónde nacen los dolores,
Cuándo se terminan los recuerdos,
En qué dimensión yacen los fracasos
y por dónde se escurre la esperanza.

Estaba dormida, cálida, abrupta.
Por debajo de su ser, otro ser pregonaba
No recuerdo cuán brusca fue mi ira
Que por la mañana intentó rescatarla.

Ni la moral, ni el ego, ni el insomnio
Se llevan de los malos tragos la palabra
Que como lanzas de indios en su tierra
Se defienden de la invasión traidora.

Se juntan como estruendos y se separan
Para formar frases hirientes dislocadas,
Por eso fue mi silencio posterior, amor…
No se me había enmudecido el alma.

jueves, 25 de febrero de 2010

Obsesión


Se acercaba caminando, sonriendo, con obstinación. Se frenó antes su alma que su cuerpo, fue evidente. La gente no se detuvo a su alrededor, ni percibió el momento en que recogió del suelo una pena no muy lejana. Sonrió, como un hecho rutinario donde solía adormecerse profundamente. Nunca jamás despertó. Prosiguió su camino como quien olvidó el fin de la cosa. Se entremezcló entre la gente y se disolvió entre paredones, carteles, graffitis, basura, ruidos, colores, autos, aviones…
Cada gesto que se fue sucediendo desde nuestro encuentro se fisura en los objetos que me despojo, en los espejos que se empañan y en el ladrido de los perros. No hubo ningún tipo de souvenir ni intercambio gaseoso, líquido o sólido. No hubo nada más que un desencuentro.
Allí fue el inicio de que los almanaques se deshojen desde diciembre a enero, que los perros aúllen o los silencios sean gritos. Desde ese día los laberintos comienzan con puertas abiertas y por las ventanas cerradas se filtra la llovizna de un día de sol.
La gente me choca, me ignora, se esparce. Tampoco observó el cambio que su desencuentro produjo en mí. La pregunta se asoma, revive, me exaspera. Una forma tácita de enloquecer al sujeto en el que habito, que no es más que el espejismo en donde se reflejan los fenómenos meticulosos, paranormales, oscuros.
No puedo más que recorrer callejones, plazas, cuerpos desnudos, hasta encontrar su rostro temprano e inmaduro y vuelva el orden tradicional de los fenómenos y de noche se pose la luna, espléndida y rozagante.

lunes, 22 de febrero de 2010

Soledad


Era la soledad. Lo supe porque vestía con tu rostro y me embriagaba el alma. Era triste y sombría, tenue y distante. Ingresó por alguna puerta o una que otra ventana que olvidé sellar en la noche, quizás adrede. No eras vos, era la soledad. No tuve ninguna duda en ese momento, pronunciaba las mismas palabras que gastó tu boca y que llevan tu nombre parecido al dolor.
Al tiempo que me sorprendí se sonrió, para provocarme, herirme y encontrarme. Se acomodó despacio sobre mi hombro, tu hombro. Me miró, como girasol buscando su estrella, con sed de alimentarse, estrujarme, hasta escurrir la sangre que no he derramado por ningún ser, salvo el inexistente. Se detuvo, fría y frágil, perenne y espléndida. Por un momento dudé que era la muerte, la soledad o vos. No sabía disentir entre los segundos que el sentimiento y la razón pelean por encontrar la conclusión de un hipótesis inconclusa y de dimensiones cóncavas. Supe que era la soledad porque seguí latiendo, y no me traspasó el frío y no se me heló el alma. Sentía calor, calor humano hasta el punto de transpirar sin límites; emergí recuerdos, olvidos, pasajes de la mente que había creado en el imaginario silencio de tu ausencia. No era la muerte.
Creí que eras vos, pero supo comprenderme en el momento justo, sin decir palabras, sin pedir nada a cambio. Se retiró y entraste vos; ahí entendí que era la soledad.

lunes, 8 de febrero de 2010

Tu Revolución



Un delito social, en el reflejo del silencio
un mundo a contramano, sin ningún freno
tus labios de la misma sustancia que el infierno
y tu boca constelación del paraíso.

No hay boca, no hay labios,
somos el mismo ser homogéneo
ni sol, ni luna, ni ruido y silencio
el mundo como masa uniforme.

Revolución, gritaron los cuerpos
Y se fueron diferenciando del resto
Como individuos, como sujetos
Dándole al espacio un contenido.

Revolución dijeron mis manos
Que te fueron a conquistar de madrugada
Y un dictador nocturno que era la helada
Nos separó de la rutina alienadora.

Revolución de dos cuerpos,
Empezamos a cambiar nuestro universo
Si así besas los muros, te lo advierto
No hay fronteras que superen la velada.

Vos sos lo que el socialismo imploró
Y el cielo buscó entre los ángeles
La revolución de cuerpo, alma y sangre
Que se inscribe en la eternidad de los dementes

Vienes de unicidad y arrasas
en pocos minutos soy parte de tu cuerpo
como fenómeno jamás resuelto
Einstein evocaría una teoría.

Mi amor, sólo quería explicarte
El por qué de mi devoción furtiva
Porque veo en tu ser la potencialidad
De hacer de dos, un mismo cuerpo.